vi-promocionTras dos años de lecturas, análisis, estudios, debates y escritura, mucha escritura, la VI Promoción del Máster de Narrativa celebró el pasado sábado 25 de junio su acto de clausura. Con la entrega de diplomas por parte de los profesores del Máster, simbolizamos el fin de un ciclo de dos años: el de las 560 horas lectivas en el que a través de las treinta y cuatro asignaturas que construyen el plan de estudios del Máster, los alumnos aprenden el oficio de escritor desde los tres pilares en los que se asienta: la técnica, la sensibilidad y la creatividad.

Pero aún queda lo más importante: durante las próximas semanas presentarán al tutor que elijan los proyectos narrativos (novelas o libros de relatos) en los que vienen trabajando durante el último año. El resultado de esta obra determinará la nota final del Máster y será el punto de partida de futuros proyectos. El claustro de profesores también seleccionará las novelas y libros de relatos que Escuela de Escritores presentará a las editoriales que colaboran con el Máster para su valoración.

Enhorabuena a Ianire Doistua, Nerea Garrán, Araceli Jaqueti, Paola López, Antonio Marín, Shara Morales, Pablo Ortiz, Carlos Rodríguez-Nichols, Luz Sánchez de Paredes, María Fernanda Sierra y Enrique Valladares, integrantes de esta VI Promoción (2014-2016) del Máster de Narrativa.

A continuación algunos de los textos leídos por los alumnos.

 

Los Reyes son los padres

antonio-marin

Piensa en un niño el día de Navidad entrando en el salón para ver los regalos. Imagina además que, por alguna extraña razón, ese día los Reyes, el tipo ese gordo vestido de rojo, los padres o quien quiera que sea, se han vuelto locos y le han traído, no solo lo que pidió en su carta, sino también lo de los cinco años anteriores.

Por si fuera poco, ese niño se encuentra además en el salón con once compañeros, once amigos, que no solo le caen bien, sino que encima comparten sus gustos. Y sus padres le dicen que, durante los próximos dos años, no tendrá que volver al colegio, que pasará casi todo el tiempo con esos nuevos amigos y que juntos podrán hacer todo (o casi todo, tampoco exageremos) aquello que más les gusta.

Y ya para redondear, para ser todavía más espléndidos, al niño le dicen que para enseñarle a jugar con ese precioso balón azul de reglamento, a manejar las veintisiete marchas de esa bicicleta roja tan brillante o a montar en la ultra moto Feber biturbo, no le van a traer a cualquier mindundi que pase por ahí, sino que los que vendrán serán Cristiano Ronaldo, Indurain o Valentino Rossi.

Imagina, imaginadlo.

Claro está que nada de esto tiene que ver con lo que ha supuesto para mí este máster, pero ¿a que sería cojonudo ser ese niño?

Antonio Marín, 25 de junio de 2016

 

Locos

ianire-doistua

Lo siento por Virginia Woolf y Agota Kristoff, no serán ellas en quienes piense cuando recuerde estos años, sino en los locos que las metieron en mi casa, mi cama, mi cabeza.
No serán Duras, Kafka ni Kawabata a quienes dé las gracias por este vuelo. Ellos eran solo el avión. Un avión lleno de recovecos y emociones, pero, al fin y al cabo, el avión. Prefiero dar las gracias a los locos que se sentaban a mi lado para saltar sobre Duras, Kafka y Kawabata mientras retorcíamos sus páginas y provocábamos las turbulencias que me hicieron perder, me temo que para siempre, el poco equilibrio que me quedaba.
De este viaje, no me quedo con Faulkner.
Tampoco con Lacan, Proust o Montaigne.
Me quedo con los locos que me descubrieron que un indicio a tiempo hace vibrar incluso al más duro de los locos.
Con esos locos que desde el primer día me han hecho sentir como una loca más.
Que me han sorprendido con sus palabras, su imaginación y, sobre todo, su humanidad.
Me quedo, en definitiva, con vosotros, compañeros locos, profesores locos, amigos locos, a quienes espero no echar de menos, con quienes espero seguir alimentando esta locura como si nunca nos hubieran dado el alta de esta casa de locos.

Ianire Doistua, 25 de junio de 2016

Rap de grado

pablo-ortiz

En días de creación hasta detesto si sueño
porque mi empeño
se va en separar lo que es realidad de lo que no
así se quema mi cerebro hecho trizas
¿y que me queda?
Hacer milagros con las cenizas.
El fuego ardió
Un demonio me poseyó
Mi voz se alzó y ninguna deidad bajó y me ayudó
O lo que es peor
Gritome desde el burladero «¡aguanta!»
Quizá es por ello que mi fe en mi es tanta
Espanta estar
En la soledad de un cuarto oscuro y frío
Pero sonrío
Sé que así mis sueños veré cumplidos
O hasta el hastío
Aunque me lleve al fracaso cada intento/Porque fue el placer del hacer no este triunfo lo que me tuvo sonriendo

Pablo Ortiz, 25 de junio de 2016

Discurso de fin de curso

luz-sanchez

Un vaso roto, una calle, la nevera, si llueve o hay brisa, una fotografía o el hijo que no llega son motivos suficientes para escribir. Pero, ¿cómo? ¿Cómo lo plasmo en un papel? ¿Con qué frases empiezo y a qué desenlace me lleva? Cómo descubro la palabra clave o un desencadenante perfecto? Allí han estado mis maestros para solucionar mis dudas y también para emparejar mis historias con aquellas inventadas en mi inconsciente o no. Me han dejado un vestuario repleto de estilos, con muchos trajes nuevos para estrenar, vestidos para filosofar a montones, abrigos de ensayo de todas las épocas, un chal de diálogo, el bolso de género y un disfraz de personaje que me pongo cuando escribo.

En esta casa de muchas ventanas y cuartos, donde cada rincón me ha ido seduciendo de a poquito, he aprendido a caminar despacio y a veces también he retrocedido en el intento. No ha sido fácil, tal vez me quede en ese intento, en medio camino o quizá llegue al final.

Gracias queridos maestros por haberme contado sus experiencias, por haberme brindado sus conocimientos, por compartir sus horas con mis escritos, por quitar sus horas de descanso en leerme. He guardado todos esos trajes muy bien confeccionados en mi ropero; trajes que me iré poniendo a lo largo de los años que me falte vivir. Gracias.

Luz Sánchez de Paredes, 25 de junio de 2016

La cápsula del tiempo

araceli-jaqueti

−¿Estás seguro de esto?
Sheldar mira a Giácomo y, de reojo, al cofre metálico que hay frente a ellos.
−Sí –dice, aunque suena más seguro de lo que en realidad está−. Guardaré el arca en un lugar donde el tiempo no pueda afectarla.
Ella duda. Nunca ha visto una magia tan extraña.
−Está bien –accede al fin.
Saca el pequeño azulejo de su bolsa, lo contempla una última vez y lo deja caer en el cofre. La silueta del dragón lanza un destello cuando toca el fondo.
Giácomo traga saliva. Ahora le toca a él. Se desprende de la libreta arrugada que lleva en la mano. En su viaje hacia la caja, las hojas revolotean, y aquel mono espacial que vive en el papel parece despedirse agitando su brazo.
Carlos es el siguiente. En su palma, las dos fichas de ajedrez, las dos reinas, luchan aún por el jaque. Cierra los ojos, la negra cae en el arca. Los abre y contempla la blanca, que permanece en su mano. De la otra, cuelga Matías. Tira de ella para llamar su atención.
−¿Mi padre es un pez? –pregunta. Carlos no lo mira, solo responde:
−No lo sé, no sé qué es. Y se pregunta entretanto dónde estará Rodrigo. Cómo no ha aparecido, ni siquiera hoy.
Ernest, por su parte, observa a Matías y menea la cabeza. Sabe que es su turno, pero no puede apartar los ojos de la caja de metal, con aristas puntiagudas y ningún cierre de seguridad. Suspira y suelta de su cadera el cinturón de herramientas. Mientras cae, murmura que solo intentaba proteger a su familia.
María, en cambio, no ve el momento de librarse por fin de la carta que llevaba en la mano todo el tiempo. Cae lenta, como mecida por las olas de la isla Margarita.
−Bye, bye, Martín.
Miranda, que siente una cierta complicidad hacia ella, lanza la jota de corazones. La carta cae directa, como si la repartiera durante una partida. Querría que fuese tan fácil deshacerse del tatuaje que conserva en el tobillo.
−Bye, bye, Jayck –imita a María.
La próxima es Moka, pero se ha quedado dormida, de cuclillas, casi parece una estatua. Miranda le toca en un hombro y ella, como si lo esperara, abre los ojos, musita un agradecimiento y saca de su bolsillo un conejo pequeño, de juguete, negro.
No lo deja caer, como ha hecho el resto. Se inclina y lo deposita con suavidad en el fondo, sobre los demás objetos.
Carmen mira a Elena, que a su vez le sonríe y arquea su muñeca con un movimiento grácil, como cuando baila. Arroja la fotografía. El pelo suelto de Carmen, como le gustaba a su madre, y aquel vestido azul que intentaba ocultar su secreto, quedan ahora junto al conejillo negro.
Laelyn se lo piensa menos cuando echa el cómic al arca. Nadja, desde la portada, rasca el líquido marrón, aquel chocolate vertido que aún mantiene pegadas parte de las páginas. «Hasta siempre, camarada».
Eduardo abre su maletín. Aparta unos pinceles y una paleta sucia. No se ve ningún cuadro. Solo saca una orquídea de la caja de madera. Una flor grande, una flor negra.
Es el último. Pero todos aguardan, alargan ese momento con fecha de caducidad. Miran el cofre, aún abierto. Junto a sus objetos, circulan imágenes, se mueven recuerdos. Ven un pájaro colgado. Bajo él, un perro muerto. Un romance inacabado, un conflicto que nunca sale a tiempo. Un punto y coma perdido, incluso una pelusilla del ombligo… Todo corre a un ritmo frenético, continuo, como el que marca la máquina en la imprenta. Y lo observan, sin atreverse a apartar la mirada.
Entonces, Matías habla:
−¿Ya está? ¿Es el fin?
Todos se vuelven hacia el niño, que se sorbe la nariz como única reacción. Al fondo suena un piano, las manos de María Elena.
Y de pronto, un golpe seco. Laelyn ha cerrado el arca. Triunfante, brillan sus ojos de niña cuando alza la voz:
−De fin, nada. ¡Ahora nos marchamos todos a una fiesta de cobayas!
Araceli Jaqueti, 25 de junio de 2016

Despedida

mafe-sierra

Llegamos al final del máster de narrativa, tras dos muy años intensos en todos los sentidos, hoy nos reunimos para cerrar este ciclo. Para mí han dos años increíbles en los que he aprendido cosas que ni me imaginaba que podría hacer: romances, descripciones animalizadas, monólogos interiores entre muchas otras. Gracias a mis compañeros de aventura: Luz, Enrique, Antonio, Shara, Ianire, Araceli, Pablo, Nerea, Poly. Sin ustedes la experiencia no hubiera sido ni la mitad de divertida, ni enriquecedora. Gracias, sobre todo, por su amistad.

Gracias muy especiales a todos los profesores de la escuela, un equipo realmente excepcional; no solo por llenarnos y sino por hasta enseñarnos a aprender a construir la caja con las herramientas del oficio, desde su experiencia, de las formas más diversas y siempre con el mayor cariño.

Dos años después, creo que al menos es justo decir que tenemos una idea más clara de lo que decía Miguel de Cervantes de que «la pluma es la lengua del alma». Así que gracias, gracias infinitas, que sigan las aventuras, y que las sigamos compartiendo.

María Fernanda Sierra, 25 de junio de 2016

Carta a la escuela

paola-lopez

Querida escuela: Dos años o casi dos años han pasado desde la primera vez que te vi, estabas y estás tan guapa. No he tenido tiempo de pensar en tus cambios físicos, lo de dentro es lo que cuenta y sigues estando como la primera vez que te conocí. Muy acogedora. Gracias por haber sido algo de lo que no sabía qué esperar.

El resto de este texto quiero dedicárselo a mis compañeros, pero también quisiera decirle a los profesores que han sido una de las mejores cosas que me ha pasado. Alguna vez se lo dije a mi madre: tener a personas como ellos dándote clases, tenerlos en frente y casi poder tocarlos (no quiero que suene muy morboso), pero tener la oportunidad de aprender de escritores, pero no solo escritores sino, personas como ustedes, me hace sentirme muy contenta y agradecida con toda la experiencia. Gracias a todos los que han participado en mi formación. No sé qué vaya a suceder más adelante o siquiera si seguiré escribiendo, pero me voy con un buen sabor de boca gracias a profesores (carismáticos) como ustedes.

Ahora, queridos compañeros, creo que alguna vez se lo dije a Luz. Ustedes han sido lo mejor de este master para mí. Aparte de irme con muchos conocimientos, muchas herramientas y una visión con la que yo me siento mejor de lo que es la escritura para cada persona, me voy con algo mucho más importante y que imagino que todos o muchos experimentan a lo largo de su vida. La sensación de no importar qué tanto tiempo pasemos con ciertas personas y de sentirse cómodo con un grupo al que ves casi todos los días. Gracias. Han sido el mejor grupo con el que he estado. Gracias por enseñarme lo que es el compañerismo y también la amistad, porque estoy casi segura o casi, que si yo recurriera a alguno de ustedes para ayuda, ustedes no se lo pensarían y me darían la mano para ayudarme, quizá, salvarme, y estoy segura que yo haría lo mismo por cualquier de ustedes en cualquier momento. O no sé si sea solo la emoción de ahora, de sentir que todo esto se acaba y luego volveré a ser la persona antipática que a veces soy cuando se trata de amigos y amistad. Quizá esta vez no sea así. Quizá se deba a que nunca había estado con personas como ustedes y eso es lo más grande que he encontrado en este master. Personas. Compañeros. Amigos. Escritores de los que he aprendido mucho, que he aprendido a criticar y he obtenido buenas críticas de ellos , pero sobre todo, eso, personas con las que me he encariñado, no por lo que piensan o lo que escriben (aunque los admire a todos por su forma tan única de ver el mundo y hacernos ver parte de eso cuando leen sus textos), sino por lo que son.

Gracias, queridos compañeros, por todas las lecciones y experiencias que hemos compartido. Por enseñarme algo que vale más que cualquier texto, el cariño y la amistad. A publicar muchos libros después de esto y no olviden enviarme una copia firmada cuando eso suceda.

Felicidades.

Paola López, 25 de junio de 2016

Intensidad

Nerea Garrán

En una de las clases que tuvimos a lo largo del máster, la profesora nos pedía siempre que dijésemos una palabra al finalizar cada clase. Si yo tuviese que elegir una palabra ahora, una sola, que englobase todo lo que para mí ha significado este máster (es difícil), pero creo que esa palabra sería intensidad. Y la elijo porque han sido dos años de lecturas exhaustivas, de críticas de esas lecturas, de búsqueda de conflictos para relatos, de juegos improvisados, de gramática y estilo, de historia y teoría literaria, de anécdotas varias con los compañeros y profesores dentro y fuera de la escuela, de aprendizaje de mí misma, de crecimiento personal. Un viaje con marca literaria, un juego serio dónde el ocio se confunde con el trabajo y las reglas no siempre están del todo claras.

En este tiempo he tenido la oportunidad de redescubrir lo que es la escritura aprendiendo de mis profesores y compañeros lo más divertido del oficio, así como también lo más duro. Pero quizá lo más importante sea entender que cada obstáculo en este campo, como es la literatura, (al igual que en otros campos), no siempre están ahí de forma arbitraria y pueden decirnos mucho de cómo estamos haciendo las cosas, si las estamos haciendo mejor o peor y cómo podemos cambiarlas en el caso de que no nos guste el resultado.

Aprender a superar cada bloqueo, seguir adelante apoyándonos los unos a los otros en esta profesión tan apasionante como solitaria y hacerlo además con la misma ilusión de quien empieza, ha sido para mí el mejor regalo que he podido recibir en estos dos años de máster. A mis compañeros, profesores y demás personal de la escuela, de todo corazón, muchas gracias.
Nerea Garrán, 25 de junio de 2016