roberto-osa«Cuando pienso en el instante en que decidí apuntarme al Máster de Narrativa, siempre recuerdo la cima del Puerto del Palo (Asturias). En una mañana de aguacero y niebla, mientras ascendía a pie por esta montaña, descuidé el sendero y me perdí. Marché largo rato bajo el agua, perdido dentro de una bruma cada vez más densa que me encerraba en mitad de la ventisca. Después de mucho vagar entre los cerros, encontré un sendero y lo anduve, chapoteando sobre los barrizales que ya se formaban por toda la montaña. Seguí caminando hasta toparme con una manada de caballos que me cerraba el paso; serían alrededor de diez, pastaban con parsimonia y me miraban. Hice un par de intentos de sobrepasarlos y continuar por la senda. Pero tenía miedo de avanzar. Miedo a los caballos.

Al cabo de unos minutos, me di la vuelta y caminé y caminé y caminé en sentido opuesto a los caballos, caminé durante un rato muy largo, de nuevo entre la niebla y la lluvia y el barro, mirando mis pies moverse una y otra vez hacia delante, los chorretones de agua bajando por el impermeable, y sintiendo el jadeo de mi respiración cada vez más fatigada. Acabé por encontrar una flecha amarilla que indicaba el descenso hacia Montefurado, una pequeña aldea de montaña casi abandonada a través de la cual recuperé de nuevo mi camino.

Un par de meses después, estaba sentado en un aula de la Escuela de Escritores para llevar a cabo la prueba de acceso al Máster de Narrativa. Allí esperaba adquirir ciertas rutinas de trabajo y sobre todo los mecanismos del oficio de escritor, esas pequeñas herramientas que podrían ayudarme a desarrollar las historias de una forma más acertada.

En la Escuela me dieron eso y mucho más; encontré unos colegas a los que servir de apoyo y en los que apoyarme, compañeros en aquel momento y grandes amigos ahora. Encontré también unos profesores atravesados de principio a fin por el elemento más definitorio de quien ama la literatura: la pasión. Fueron dos años de intensas lecciones y escrituras, de papeles tachados y rasgados, nuevamente escritos y nuevamente tachados y rasgados una y otra vez. Un camino en el que profesores de la talla de Ángel Zapata, Luis Luna o Ignacio Ferrando compartieron con nosotros su sabiduría y su ardor.

Recuerdo especialmente dos momentos en los que fui consciente de que con la escritura «me había encadenado –como dijo Capote– a un noble aunque implacable amo»: el primero, una clase en la que Fernández Burgos me hizo entender, con toda la razón, que a mi texto le faltaban muchas reescrituras para empezar a parecerse a algo que estuviera medianamente cerca de lo literario. El otro momento fue una tutoría con Javier Sagarna; recuerdo su media sonrisa al leer un capítulo de mi novela mientras me decía: «Esto que has escrito no está mal, de hecho está bastante bien. El problema que tiene este capítulo es que tú puedes hacerlo mucho mejor». Comprendí que si quería escribir literatura tenía que adquirir un fuerte compromiso y consagrarme a él.

Alumnos del Máster de Narrativa, IV Promoción

Dos años y medio después de acabar el Máster, me veo con una novela premiada y próxima a publicarse. Tuve el acierto de elegir a Rubén Abella como tutor de mi proyecto, y puedo decir que sin sus correcciones y consejos mi novela sería otra, seguramente mucho peor.

Tanto tiempo después, aún pienso en los caballos que me cerraron el paso en aquella mañana de niebla y chaparrones, y no estoy seguro de si fueron ellos los que me obligaron a tomar el camino de la literatura o si únicamente mi cabeza decidió que todavía no era el momento de morir de hipotermia en la montaña.»