El pasado 22 de junio dio fin la VIII Promoción del Máster de Narrativa: nos despedimos con un hasta luego de Manolo, Shara, Hadassa, Tannia, Sara, Rosario, José, Adriana y Alicia. Porque todos ellos, de alguna manera u otra, seguirán en por las aulas de la Escuela de Escritores, bien a través de Internet los que regresen a sus lugares de origen, bien en clases presenciales, bien en las fiestas de fin de curso que organizamos cada año. Pero donde sí seguirán con seguridad es en la escritura. Dejamos aquí uno de los discursos que leyeron ese día, en concreto el de Rosario López, que menciona a cada uno de ellos y resume casi los dos años de Máster de Narrativa que vivieron.

Manolo, Shara, Hada, Tannia, Sara, Rosario, José, Adriana y Alicia


No fue fácil pero fue lo mejor, por Rosario López

No es fácil encontrar un terrón de azúcar de un helado de hace años dentro de la piel, tras el codo. Y sacarlo con cucharilla. Esto ha sido un poco así.

Manolo pregunta por Juan Valera. Landero no sabe qué responder. Alicia intenta formular la pregunta que no puede. Se pasará dos años pensando en ella. José le trae a nuestro padrino una novela para que se la firme. Y yo le cuento que fue él quien inauguró también los fascículos para aprender a escribir que coleccioné a los trece años. Inaugura el máster como inauguró ese tomo verde: Todos somos Simbad. Flor prefiere pensar que es Sherezade. Y tener acento del mundo y recomendarme novelas como cartas. Tannia tendrá que olvidarse de la palabra productiva. Todos aprendemos que esto no es una silla ergonómica, que no vale ni para sentarse. Nos pintamos como animales y empezamos a hacer los primeros Me gusta, no me gusta. Todo rima. Recuerdo. Recuerdo. Y abstracto. Sara se traumatiza: El unicornio solo es un rinoceronte, un bicho más con mucha literatura. Hada se llena de bichos para cuando la novela. Y Adriana ya viene de vuelta con menos de veinte años, sus hojas crujen.

Primeros cuentos. Sin conflicto. Conflicto. Conflicto. Conflicto. Ni idea. Mi madre pregunta que qué tal. Y yo le digo que bien, estupendo. A mi amiga le cuento que fatal, que no sé escribir, que no se entiende absolutamente nada, que escribo para tirarlo al estanque de las tortugas de Atocha. Ella me dice que ánimo, que no me preocupe, que escribo bonito. Y en el máster nos cuentan que bonito es lo que hay en una lata de conservas. Para el sándwich. Que busquemos lo escondido bajo el pedrusco.

Saramago dice que a veces, bajo la piedra, puede salir un elefante, con su cornaca blanco y todo. Ebúrneo, ebúrneo, ebúrneo, dice Manolo. Y en derredor. Y le preguntan que para qué siglo habla. Y nos vamos desde Egipto a la Feria de Sevilla. Todo en el mismo relato. Fuera de tono. Nos reímos. Trivializo. Y me preguntan si he escuchado mi voz, que no pretenda ir de chiste, que mi voz no tiene cara ni ganas de eso. Vamos al Vladi e intentamos olvidar. Olvidamos hasta su nombre, pero de lo nuestro nada. Y venga literatura de escarbar el ombligo.

Mi amiga me pregunta si estoy en la Escuela de Escritores o en la Escuela del dolor. Y que le envíe a otro la novela de Asunta, que ya tiene suficiente con saber que las chinas me señalan y sueño con ellas. El insomnio para los escritores parece ser como el rollo para el papel higiénico. Y venga basura. Y venga belleza.

No sale el elefante ni el cornaca, me sigo viendo como macaco con el culo rojo; pero la piedra se va puliendo. Conseguimos contar. Algo se entiende y conmueve. Y todo empezó con un cuento de viejitos que se querían hasta andar jorobados.

Y quiero hacerlo. Quiero hacerlo con la música en el gollete de un vaso de vino. Con los tenedores y la charla de mediodía. Con las risas colocadas en las paredes del hogar. Con la puerta que se cierra y vuelve a abrirse esta noche. Con el perchero del que cuelga la piel que los vio. Con los pájaros que vuelan sin saber qué día es. Con el aceite que suelta la comida de mi madre. Con el postre caminando hacia el campo y el jugo de la naranja que gotea. Con el chapuzón en la piscina que nació alberca para pimientos. Con las ganas y los brazos llegando a la hora prohibida. Con las doce y con los siete. Con las cebollas deshojadas, con los jacintos, con el laurel. Con las pepitas de berenjena. Con la roja de Blancanieves. Con los por cumplir y el viaje. Con el tren que se desliza y permite leer y mirar y parar y sentir que hay que hacerlo. Que mi cuerpo me lo pide, hacerlo, hacerlo a todas horas. Y que llegue mañana para seguir con la línea que se clava en el hombro. Con el masaje de otra mano que es nuestra mano mojada que cita al valor. Con todo y con uno. Con el frío cuando viene el frío y con el calor cuando queman las brasas. Con el hueso. Con la madera. Con el hierro oxidado. Con la carne y su cicatriz. Con el dedo que parece mío pero no es fiable. Con el extraño, con lo propio, con lo de nunca por si hay más. Con lo de siempre que me recuerda que hay y que quiero, hacerlo, con todo, que quiero hacerlo hasta en los hijos de los segundos y que no se me olvide nunca el ritmo. Creo que me estoy enamorando. Dejo de ser y dejo a mi cuerpo estar y ser. Melodía y armonía. Escribo. Y me convierto en un escenario por el que todo pasa.

Todo pasa. Ha pasado. Ha pasado el máster. Y no diré adiós porque no quiero ni podré despedirme mientras mi cuerpo acoja. Gracias por el balcón a un mundo con vallas de sugus, bolígrafos con sombreros calvos, luces moradas y corazones del revés. He vivido como mi sobrina en un parque de guijarros. Me voy con chichones, la risa en el folio y toda la selva puesta. Al final apareció el elefante. Estaba en Yugoslavia. No fue fácil, pero fue lo mejor. Muchas gracias.

Profesores y alumnos de la VII Promoción del Máster de Narrativa