A finales del pasado mes de abril los alumnos del Máster de Narrativa de Escuela de Escritores viajaron a la ciudad holandesa de Arnhem para continuar su formación con una semana de clases en ArtEZ University of Arts, uno de los mejores centros de formación artística de Europa. Nuria Arnáiz, alumna de la VIII Promoción, nos cuenta en primera persona su experiencia en el primero de estos intercambios metodológicos del Máster de Narrativa con algunas de las escuelas y universidades europeas de referencia en la enseñanza de la Escritura Creativa.

Entrada escrita por: Nuria Arnaíz
como crónica de las clases que los alumnos del Máster de Narrativa
recibieron en la escuela de artes ArtEZ de Wintertuin, socio de la EACWP
desde: Arnhem, Holanda, del 23 al 27 de abril

Aprender a mirar antes de escribir

23 de mayo

Dicen que cuando una persona pierde la vista, los demás sentidos se agudizan y desarrollan para compensar la pérdida. Esa fue la idea que me asaltó cuando al iniciar el taller de creatividad de nuestro programa de intercambio con ArtEZ, los profesores nos propusieron limitar el uso de las palabras como forma de expresión artística: sí, nosotros, escritores, obligados a escribir sin palabras escritas, a forzar nuestras mentes, a renovar canales de atención para narrar a través de los objetos. En definitiva, a mirar antes de escribir.

Utilizando una parte de la filosofía de enseñanza de María Montessori, cuya piedra angular es aprender partiendo de lo concreto (específico) hasta llegar a lo abstracto (incomprensible), el equipo de profesores de ArtEZ dirigió las dinámicas hacia los objetos como origen de las historias y los planos físicos, como el lugar donde esas historias ocurren (contexto). A nosotros, como escritores (o detectives), nos tocaba encontrar la manera específica de ver esos objetos.

A partir de esa indagación en la concreción del objeto, avanzamos hacia el camino del abstracto: primero revisamos el contexto del objeto (los pensamientos, los sentimientos y las memorias) buscando la historia en el objeto mismo; después experimentamos el efecto de la ausencia del objeto —el poder del vacío, el poder de los objetos ausentes (una persona ausente, un pedestal sin historia) — y por último alcanzamos a ver los objetos como símbolos y a entender que si los cambiamos de contexto, toda la narrativa cambia.

Para dar una última vuelta a la tuerca a la propuesta, debíamos trabajar en equipo, situación totalmente antinatural a la labor del escritor, cuya condición habitual es el trabajo personalísimo y solitario. La experiencia, con su toque lúdico, innegablemente despertó nuestra curiosidad: salir a la búsqueda de objetos sin saber qué haríamos con ellos ni qué buscar, nos enseñó a confiar en la sincronía del azar. Mi equipo de trabajo, sin proponérselo, se reunió tras la búsqueda cargando las cosas más curiosas y sin embargo afines.

Tras horas de observación, intercambio de opiniones, sugerencias y ensayos, cada equipo fue armando una representación plástica de la historia-idea que quería contar como proyecto final. Adicional a la parte creativa, el trabajo en equipo fue una experiencia enriquecedora, y no solo por la diversidad cultural: supuso un ensayo para ser capaces de escuchar opiniones con total apertura y disposición al cambio; un ejercicio de flexibilidad muy útil para los escritores que, casi por definición, padecemos la resistencia a los cambios propios de la edición externa.

Los intentos para llegar a un consenso fueron incontables y grande el cansancio provocado por el esfuerzo de rescatar las formas básicas de crear y ejercitar la observación. Lo que ocurrió a lo largo de los días, confieso, exprimió toda mi capacidad de atención para aprender a representar los tiempos narrativos combinando espacios y cosas; a lograr contar algo al espectador sin hablarle ni escribirle y a combinar los colores, la disposición, el efecto visual y la metáfora inherente a cada cuerpo para, al final, tener una historia. Cuando comprendí que todo aquello tendría por fruto dotar de relieve a mis historias, haciendo palpable y vivo al lector lo escrito, supe que confiar en el proceso había valido la pena.